Beba de Blanca.
Publicado por Historiador el 3 mayo, 2011
07-09-2010. Hoy ha muerto una parte de mi infancia.
Después de toda una vida suplicando que me dejaran tener un gato, en mi duodécimo cumpleaños me regalaron a Beba. Creo que jamás un regalo consiguió ni conseguirá desencajarme la mandíbula de esa forma. Debí abrir unos ojos como platos. No me lo esperaba: allí, en el fondo de un transportín, se acurrucaba una bolita de pelo. Han pasado veinte años desde que grité entusiasmada aquel:"¡un gatito gris!",y mi madre me corrigiera con el consabido:"no; una gata azul".
Beba siempre ha sido una aristogata. Fina y elegante, coqueta y orgullosa. No necesitaba aquel papel oficial del pedigrí que confirmaba su sangre azul, aunque lo tuviera. En realidad, ningún gato lo necesita. Hija de Kali del Paraíso y Adonis de Herrera, Beba de Blanca escondía una etiqueta entre su pelaje color humo. Era una gata "de marca".
Como toda aristócrata, podía convertirse en una verdadera tigresa desatada, el terror de los gorriones, en una navegante de los tejados, en una aventurera que se perdía dos días enteros por el camping del Folgoso para volver con el pelo cubierto de abrojos y su ego salvaje ardiéndole en los bigotes. Con su mirada nos decía:"soy limpia, son educada. Soy una gata de Alta Cuna. Aprecio tus caricias, mi ronroneo es sincero. Pero no olvides que soy una pantera. Lo más profundo del bosque será siempre mi verdadero hogar".
Hoy, de alguna manera, el ciclo se ha cerrado. Tras una vida longeva y sorprendentemente saludable, Beba se ha apagado tal y como ha vivido: con la calma que le aportaba su bendita rutina, con dignidad y ronroneando prácticamente hasta el último momento. El veterinario que se ha encargado de ponerle la inyección del último sueño ha sido el mismo que la presentó en sociedad: aquel que escribió su nombre en su primera cartilla y le puso sus primeras vacunas mientras bromeaba con sus compañeros sobre "lo fuerte que venía pegando la competencia" al ver a una niña que, con un gatito en brazos, aseguraba que de mayor iba a ser veterinaria.
Beba jugó con los papeles de regalo de casi todos mis cumpleaños, sufrió las decoraciones del árbol de navidad (en las que casi siempre terminaba con un ostentoso lazo de espumillón al cuello y bolitas de colores colgando de sus largas melenas y de su cola), exigió un puesto a los pies de nuestras camas y adoró a mi madre más de lo que resulta coherente en un animal.
Ella abrió la puerta de nuestra casa y de nuestros corazones al fascinante mundo felino, y sin ella nada volverá a ser nunca lo mismo, igual que dejó de serlo el día que entró en nuestro hogar para quedarse. Sembró en nuestras almas la bendita maldición de la necesidad de una compañía felina, una necesidad que ya nunca desaparecerá por el resto de nuestras vidas. Porque como dijo Marck Twain, "una casa sin un gato, un bien alimentado, bien cuidado, bien reverenciado gato, puede ser una casa perfecta, pero ¿cómo puede llegar a demostrarlo?".
Este articulo ha sido enviado por Ana.





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